“Piel de hojarasca” de Tomás Reyes Barros

A Platero……



A mi pobre conejo muerto


enfriándose cerca mío


bajo la tierra húmeda (infaltable)


de caldos de sudor,
de las manos de mi madre


y la pala


que cava,


que cava,


como cavándome a mí


y a mis recuerdos hendidos


en los ojos míos que no lloran,


en mi corazón seco,


crujiente como pocos,


como las hojas que arrastra


la tierra que se levanta,


como las que piso


al mover las manos…



 

A mi pobre conejo muerto


al que ni siquiera me atreví


a cavar tumba


por temor a encontrar otros huesos


(los míos),


con el que no estuve


en el último respiro,


por el que no dije palabra,


por el que no corté flor…

 



A mi pobre conejo muerto,


que saltaba “porque sí”


siempre huyendo de su espalda,


que se peinaba las orejas


con los brazos inciertos


y su ternura de silueta…

 



A mi pobre conejo muerto


de oreja quebrada,


de raíz entumecida,


le canto mis palabras en silencio,


le rezo mis rezos indolentes,


le acaricio el lomo tieso,


le beso la frente


y lo dejo caer


(Y cae.


La vida me restriega su certeza…)


entre el mundo futuro


y las lombrices,
eternas…



Mis suspiros clandestinos


roban las miradas


de “los otros” presentes…



 

Y es que yo quería a mi conejo,


porque era mío,


de sangre,


mío de noche,


mío…


Ahora está allá,


entumecido,


llorando solo,


pidiendo abrigo…


Y yo ni siquiera le abrí su tierra,


ni siquiera lo acomodé en su lecho,


no le di sus últimas hojas,


no estuve sus últimos días…



 

Yo no tapé su tumba,


y no fui yo quien adornó,


con naranjas y una flor de abutilón,


la muerte rosada y amarga


de mi conejo muerto,


no fui yo…ø