“¡Venía del más allá!” De Anxel Fole

“El cuento se titula “¡Viña do alén!”, que traducido significa “¡Venía del más
allá!”. Naturalmente lo traduciré para una más fácil comprensión, aúnque si
no lo hiciese también se comprendería. En todo caso, espero ahorrar tiempo al
posible lector transcribiéndolo directamente al castellano. Espero que os
guste. GSMiga”

 

Fue en la feria de Rubián. Por entonces me dedicaba a comprar y vender ganado.
Ganaba hasta veinte duros por semana tratando con bueyes…Era por Enero. Ya
pasaran Reyes.
Yo y otros tratantes habíamos comido en casa de Tumbarón. Buen yantar, y que
Dios no nos lo dé peor. Chorizos con cachelos y vino del Lor. Éramos cuatro:
Chinchas, Pelandrusco, o Fogueteiro y yo. Como que come, bebe que bebe, juega
que juega. El Pelandrusco nos llegó a desplumar a uno tras otro.
Me olvidé de decirles que jugábamos en un cuarto del piso. Ya habíamos vendido
todo el ganado que trajéramos. Cerramos la puerta trás de nosotros; y ya com
prenderánpor qué. Donde hay cuartos hay que tener mucho cuidado…Venga un tra
go…Allí había un hombre…
No sé que cosa de raro le encontré a su vestido. Desde luego, no era ya de nues
tro tiempo. Llevaba una chaqueta de pana negra ribeteada de alpaca…Aún traía
una así la mujer de don Angel, el farmacéutico de Bóveda. Y una camisa almido
nada…Déjenme recordar. Un chaleco color tabaco. Y antiparras. Era un hombre
que tendría sesenta años, poco más o menos. Y parecía hombre de carrera. Como
todos nosotros, estaba con las cartas en la mano. No hablaba. Me daba miedo…
Y mucho más me dió.
Iba un tute, pero ahora no sé quien ganaba. El Chinchas acababa de cantar las
cuarenta, gritando muy fuerte; o Fogueteiro golpeaba la mesa con el puño; yo
…yo levantaba la cabeza para mirar aquél hombre…¡Ya no estaba allí! Miré
para todos los lados. Nada. Ni que lo llevara el demonio. De verdad que no me
sentía bien. Le pedí a mis compañeros que dejasen de jugar.
-¿No visteis un hombre ya viejo, de chaqueta negra, que estaba jugando frente
a mí de cara a la puerta? ¿Con quien de vosotros vino? Hace un instante que
desapareció, y yo no sentí abrir la puerta. ¿Quien lo vió marchar?
Nadie lo viera, o nadie reparó en él. Se pusieron a contar los cuartos. Des
pués de muchas cuentas parecía que no faltaban ni dos reales.
Me levanté. La ventanay la puerta estaban cerradas. No entendía aquello. Pero
cuando dí la vuelta para volver a sentarme, miré para un gran retrato de marco
dorado que estaba en la pared, a la izquierda de la ventana. ¡Era igualito!
Al fijarme en él sentí un escalofrío en el espinazo, como cuado supiera, hacía
muchos años, que me tocaba hacer el servicio en tierra de moros. Todos calla
ban. Oí la voz de Pelandrusco:
-Olvida eso. Debieron embrujarte cuando saliste de casa. Así Dios me salve.
Yo no estaba para risas. ¿Aquél hombre era el del cuadro! Salí fuera, y fuí en
busca del Tumbarón a la taberna, que estaba en el bajo. Muchos feriantes ha
bía en ella. El tabernero y sus hijas despachaban cafés, copas, vasos, pantri-
go, queso…
Yo debía estar muy pálido, porque Tumbarón me preguntó:
-¿Qué te pasa? ¿Te va mal? ¿Quieres una copita de aguardiente de hierbas? Es
muy buena para los males repentinos.
Aún no les dije como era Tumbarón. Hombre muy corpulento, fuerte como un peñas
co. Cuando algún borracho esbardallaba mucho y se empeñaba en no salir de la
taberna, él no andaba con requisitorias ni tonterías. Cogía un mazo de madera
de acacia, que tenía para embocar las espitas en las cubas, y le asentaba dos
golpes bien dados en el cogote. Con sus setenta años aún cargaba con dos fane
gas de pan a la espalda. Pero esto no hacía al caso.
Fuimos los dos a una mesa apartada que estaba vacía. Mandó traer unos cafés y
unas copas.
Le conté lo que me pasara. Tumbarón escuchaba sin perder palabra. Cada poco
encendía un cigarro.
-No creas-le decía yo-que enloquecí. Lo ví con mis propios ojos, como te estoy
viendo a tí. El hombre del cuadro y el hombre que jugaba con nosotros, eran
la misma persona. Tapoco se puede decir que fué el vino, pues apenas comenza
ba a beber. Todo era igualito: las mejillas hundidas, los ojos fatigados. Y
no era un fantasma, porque le sentí el aliento. Nadie lo vio salir, ni yo
tampoco. Mejor dicho, fuí el único que lo ví allí…¿Qué te parece?
Tumbarón tardó en responder. No sé que cosa rara le noté en la mirada.
-El hombre del cuadro-dijo-murió hace más de veinte años.
Me estremecí…Siguió hablando:
-Era don Venancio, que fué médico de éste pueblo. Yo lo apreciaba mucho. Me
salvó de la muerte en el tiempo de la gripe. Si no fuese por él ya estaría en
el nicho, debajo de las piedras. Pero él no pudo salvar a su mujer, ni a sus
tres hijas. En menos de un mes las llevó la muerte a las tres . Don Venancio
cambió completamente. Se dió a la bebida y jugaba todo lo que tenía. Me lleva
ba el demonio al verlo tumbado por los caminos. Murió en la pobreza. Sus here
deros, que vinieron a hacerse cargo de lo poco que dejara, tuvieron que ven
der los muebles para pagar deudas. Todo lo que le quedó no valdría ni dos mil
reales. Y eso que fué el mejor médico que hubo aquí. En el mismo cuarto donde
están los tratantes ahora, jugaba todo lo que ganaba. Yo compré algún mueble
y también su retrato. Lo tuve siempre en el cuarto de matrimonio. Pero hubo
que sacarlo de allí y ponerlo donde lo has visto.
Tumbarón se acercó a mí. Echándome todo el aliento en la oreja, me dijo en voz
baja:
-Mi mujer también lo vió…¿Sabes? ¡Venía del otro mundo!
Salí en busca de mis compañeros. Les grité desde el pasillo, porque no quería
entrar en el cuarto. Aún estaban jugando y vociferando. Les recordé que tenía
mos que hacer más de cuatro leguas de camino. A fuerza de gritarles conseguí
sacarlos de allí. Fuimos a la cuadra a preparar las bestias…
Era una noche estremecida. Helaba. Pronto salió la luna. Se veía casi como si
fuese de día. Las bestias parece que tenían más prisa que nosotros por llegar
a casa. Yo iba un poco atrás.
Un extraño malestar me hacía ir callado…Sentí que una mirada me taladraba la
nuca. No sé si dije bien. Ya no pude resistir más. Giré la cabeza. En una
vuelta del camino había un hombre vestido de negro. Me señalaba con la mano
derecha. Tenía algo en ella. No era un pañuelo; más bien una billetera…Jamás
volví a coger las cartas.

FIN