“Muchachos” por Javier Calvo Labat

Tengo alma y eso es algo.
Debajo de mi piel guardo un alud y una rana.
Muchachos entonces por qué me humilláis.
¿Por qué me humilláis a diario en esta ciudad? Decidme:
¿por qué me venís a hablar de la compota de fresas?
Yo no quiero hablar ya más del pelador de patatas,
del horror del trabajo y los muchos cilindros,
del tiempo en los confines del mundo en esta
ciudad donde las avispas y los amantes se muerden.
¡Oh chiquilla occipital que me regalas flyers!
¡Jovencito que me reparte una muestra para
que en mi piso a la noche hierva un cazo de pastas Maggi!
¡oh madre! ¡oh padre! ¿vosotros también?
¿Por qué no me hostigáis mejor con la piedra?
Alumno que me preguntas por la palabra “trato”,
¿por qué no mejor me vendes por el valor de una roca?
¿No valgo nada más?
¿No tenéis nada mejor que ofrecerme entonces?
¡Muchachos, venid! ¡Decidme algo raro!
En mi humilde buhardilla os ofrezco pastas.
Sería maravilloso escuchar por ejemplo
que en el vientre cada verano os germinan gigantes.
Que en la nuca os tiembla la luz como un millón de amapolas.
¿No habita en vuestro pecho un hermoso animal?
¿no amáis a algún muchachito a alguna mujer dorada?
Muchachos venid, decidme algo raro,
al menos esta vez o callad para siempre.
¡Demonios ya no digáis ni una sola palabra!
Caminad solamente, comprad tomate,
besaos, llorad. Seguid calle abajo.