“La tela” de Laureano Driussi

 

La humedad avanza por las paredes de mi cuarto; trepa o desciende como una araña. Las arañas son huérfanas de padre y andan siempre solas pero, al igual que en los hombres huérfanos y solitarios, su deseo de ser vistas es enorme. Aumenta con su tamaño. Y cuando son tan grandes que ya no pueden ocultarse es cuando más anhelan ser vistas: exhiben sus collares negros por toda la casa; hacen repiquetear sus ajorcas de ébano a medida que avanzan, vivas pero sigilosas, parecidas a las vírgenes de las estampitas.

Sin embargo –y he aquí lo extraño, lo que merece ser contado-, esto no impidió que ni Juan ni la volatinera repararan en la inmensa mancha de humedad mientras se disponían, ellos mismos, a trepar por las paredes de mi cuarto. El intenso diálogo de ojos y de manos les impedía ver el recorrido de las patas (¿los brazos?), abriéndose como las ramas de un árbol negrísimo. A decir verdad, la única que sí subió fue la volatinera.

Lo que ocurrió fue que después de escuchar lo que dije -porque todo lo que dije lo dije en voz alta-, y si bien al principio se mostraba resuelto a hacerlo, Juan dijo que tenía miedo de que efectivamente se tratara de una araña. Puso los pies en el suelo. Retrocedió tres pasos desde la pared. A partir de ahí, el diálogo fue intenso pero no de ojos y de manos, sino más bien de ojos y del culo de la volatinera que trepaba, fingiendo ser ella misma una araña, creando con su cuerpo la ilusión de un movimiento difícil. Varias veces escupió hacia abajo. No es que el escupitajo cayera por la ley de gravedad sino que ella escupía hacia abajo.
M. fue el primero en quejarse, pidiéndole a gritos se bajara porque, si seguía subiendo, indudablemente encontraría a la araña. De inmediato se armó una acalorada discusión en torno a la palabra indudable. Yo sugerí que la discusión debía ser en torno a la palabra indudablemente pero todos, menos Juan, me miraron con desconfianza. Con ese criterio, les dije, esta araña de plástico no puede ser distinta de una araña verdadera. Se los dije mientras esgrimía una araña de plástico ante la mirada atónita de mi madre, que siempre creyó que yo había destruido todos los juguetes de mi infancia.

Juan volvió a retroceder tres pasos, esta vez con un solo pie porque el otro ya estaba adherido al suelo. Es indudable…, empezó a decir M., pero de maneras distintas todos nos las arreglamos para hacerlo mirar hacia arriba en el momento exacto en que la pata de la araña descendía sobre él y lo tomaba por el cuello.

Los huesos de la volatinera cayeron con ruido de huesos pero no se desparramaron como esperábamos. (Luego, escarbando, supimos que no eran los huesos de la volatinera sino los de mi madre los que habían caído envueltos en una tela viscosa(1).). Indudablemente, dijo Juan, ése es el culo de la volatinera. Lo dijo en un tono indiferente, como siempre que habla de su mujer.

En efecto, no fue otra que la volatinera la que en un solo movimiento arrancó la cabeza de M. y comenzó a engullirla a medida que bajaba, lentamente, abarcando con sus patas las paredes de mi cuarto, igual a una mancha de humedad.